En su edición del sábado 25 de febrero de 2017, el diario La Jornada presenta un artículo de la periodista, escritora y activista Naomi Klein, el cual titula “Los compinches de Trump” (publicado originalmente en el semanario norteamericano The Nation).

Según Klein, el nuevo secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, como ejecutivo en jefe de la petrolera ExxonMobil ordenó financiar la “ciencia chatarra” y “cabildeó ferozmente, tras bambalinas, contra acciones internacionales para combatir el cambio climático”. Agrega Klein que en parte, debido a esto, “el mundo perdió décadas, durante las cuales deberíamos de haber estado dejando nuestro hábito de consumo de combustibles fósiles; en vez, aceleramos enormemente la crisis climática”.

Se equivoca Klein.

Tillerson comenzó a trabajar en Exxon en 1975 como ingeniero de producción. Ocupó puestos importantes a partir de 1989. En 1999 fue nombrado vicepresidente ejecutivo (con la fusión de Exxon y Mobil). Hasta 2006 se convirtió en presidente y director ejecutivo. Si sólo encabezó a la gigante petrolera 10 años ¿cómo se perdieron décadas debido a su supuesta gestión para evitar la regulación contra la quema de combustibles de origen fósil?

El catastrofismo climático comenzó en 1987 con la publicación de Nuestro futuro común, reporte de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Aunque el informe recoge las conclusiones de la Conferencia de Villach celebrada dos años antes, donde se advirtió sobre las posibles consecuencias climáticas del aumento del dióxido de carbono atmosférico, dichas conclusiones no fueron ampliamente comentadas. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Protocolo de Kioto se adoptaron, respectivamente, en 1992 y 1997, el Protocolo entró en vigor en 2005, antes del período de Tillerson al frente de ExxonMobil. Con o sin sus cabildeos, la “ciencia”, política y propaganda climáticas continuaron y continúan desarrollándose, instrumentándose y divulgándose; lo hecho en México, la Unión Europea y Estados Unidos son buenos ejemplos.

Demos por ciertas las acusaciones de Klein, marquemos al ingeniero texano conservador como “negacionista”, criminal climático. ¿Cómo explicar entonces que científicos expertos en la atmósfera —Charles Brooks, Fred Singer, Abraham Oort, Joseph Smagorinsky, Rolando García— cuestionaran que el aumento del dióxido de carbono tuviera consecuencias catastróficas, considerando los diversos factores que deben analizarse en el estudio del clima, antes de que Tillerson comenzara a trabajar en Exxon o fuera una voz influyente de las Big Oil?

Las compañías petroleras indudablemente producen daños ambientales en sus operaciones. Innegablemente, la combustión de petróleo libera contaminantes como los óxidos de nitrógeno, el dióxido de azufre y el monóxido de carbono, pero el dióxido de carbono no puede clasificarse como tal, ya que no se ha comprobado que es o puede ser causa de un incremento desenfrenado de la temperatura global. Como un gas que absorbe y reemite radiación altera la variación de la temperatura, pero también actúa en este sentido, y en mayor medida, el vapor de agua y no se debe ignorar el papel de las nubes bajas en la disminución de la radiación que llega a la superficie de la Tierra. El rechazo al apocalipsis climático está fundamentado en conceptos de la meteorología y la climatología.

Es imposible defender, al menos ambientalmente, a empresas como ExxonMobil. Y también es imposible compartir los puntos de vista de intelectuales que confunden y desinforman. Si la idea es leer a una autora anticapitalista-antiglobalización que se ha valido del capitalismo para hacerse popular en un mundo globalizado, Klein está bien. Si se prefiere seguir a una estudiosa del clima, recomiendo a Judith Curry, vilipendiada por sus críticas al discurso catastrofista (“científica chatarra”, en palabras de Klein), donde señala inconsistencias y vacíos.

Tillerson siempre será un petrolero. Es poco probable que como secretario de Estado promueva o respalde iniciativas que perjudiquen a esta multimillonaria industria, con calentamiento o enfriamiento global (¿en sus cabildeos influyó para que la temperatura media del planeta no aumentara en lo que va del siglo XXI y cayera la actividad solar? ¿alteró los datos de la NOAA… o de Remote Sensing Systems y la Universidad de Alabama? ¿tuvo algo que ver con los problemas financieros de Solyndra, SunEdison y Abengoa?). Pero este no es el problema: lo que no entiende Klein —y supongo que lo entiende Tillerson— es que Estados Unidos y el mundo necesitan energía barata. Lo que viene después es algo que no está en la agenda del secretario ni en la de Trump, como no estuvo en la de Barack Obama. Sobre esto hay que pensar y actuar, global, regional y localmente.

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Imagen: Proyecto de aguas profundas Kizomba, Angola, propiedad de ExxonMobil. Tomada de: www.shipspotting.com.

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