Arquitectura para arquitectos

En 1980, el arquitecto francés Jean Nouvel publicó un escrito titulado “El futuro de la arquitectura no es arquitectónico”, en él decía:

A partir de ahora la arquitectura debe significar. Debe hablar, relatar, interrogar, en detrimento, si fuese necesario (y a menudo lo es) de la pureza tecnológica, de la tradición construida, de la conformidad de las referencias a los modos culturales (ya sean de origen clásico o moderno) […] Desde esta perspectiva, el futuro de la arquitectura es más literario que arquitectónico, más lingüístico que formal.

No se equivocó. Hoy, casi cuatro décadas después, no son códigos estéticos, incluso funcionales, lo que guía el diseño arquitectónico: la arquitectura habla, relata, es literaria, lingüística, significa… Pero, ¿alguien entiende?

Garry Stevens, arquitecto australiano, ya por esos años advertía que el asunto preocupante era que esa jungla de signos y significados era realmente sólo evidente para los diseñadores y los lectores de las revistas de papel brillante: el público seguía viendo edificios, sólo edificios —y si los ve, agrego—.

Es una mezcla entre un querer decir y un juego formal (en planta y volumen). El arquitecto como artista, pero no por dominar ciertas pautas, sino porque busca expresar algo a través de muros y vanos y techos y materiales y texturas y colores. ¿Alguien entiende?

Nouvel no se equivocó, pero surgió una paradoja: el futuro no arquitectónico de la arquitectura produjo una arquitectura para arquitectos. El ganador del Pritzker en 2008 también dijo que el futuro de la arquitectura era democrático (pensando en encontrar un sentido social, común, atender las solicitudes) y urbanístico (pensando en las modificaciones urbanas). Aquí la arquitectura depende de un programa social que va más allá del talento de un diseñador o un grupo. La tarea del arquitecto, en todo caso, está en el ámbito público, quizá político, en la reflexión crítica, en el estudio de las transformaciones y tendencias espaciales y sociales a escala micro y macro. El futuro (ya presente) de la arquitectura entonces no es arquitectónico: es sociológico, económico, ecológico, ingenieril, etc. Esto lleva al choque del arquitecto artista (el que relata) con el arquitecto político (el que interviene en los asuntos públicos). El papel de la imaginación se redefine: no se trata de proponer algo nuevo en sí mismo, sino adecuado, funcional y habitable, no por eso estéticamente pobre. Es una arquitectura en donde el “genio” que se expresa es irrelevante.

La arquitectura como signo supone que hay alguien que la lee, una percepción consciente experimentada por turistas, arquitectos y estudiantes de arquitectura cuando contemplan o fotografían edificios. Pero en la vida cotidiana, la que es determinada por el uso, la rutina, la prisa y el estrés, la arquitectura no se lee, hay una percepción inconsciente y no sólo con los ojos. No hay lectura del objeto, hay vivencia del espacio. Así, el futuro-presente de la arquitectura también es psicológico.

Los arquitectos deben dejar la literatura, el relato, a los escritores. No pretender contar una historia con sus obras, dejar que los usuarios vivan, lo más plenamente posible, las suyas. La arquitectura puede significar muchas cosas, no sólo lo que dice el arquitecto: si el espacio no cumple el propósito para el que fue creado y tampoco es confortable habrá molestia, no lectura de lo construido.

El presente-futuro de la arquitectura tiene precio: ¿cuál es el costo de la construcción, el funcionamiento y el mantenimiento de los espacios? ¿Cómo deben ser en un mundo de metales, plásticos y energéticos caros? La arquitectura y el diseño urbano apuntan a la frugalidad, la eficiencia. El motivo no es narrativo. El futuro de la arquitectura regresa a lo que no se resolvió en el pasado.

[Este apunte originalmente se publicó en el fanzine el baúl en el verano de 2014]

Reservas territoriales energéticas

La idea de crear reservas territoriales energéticas la planteo originalmente en mi tesis de doctorado en urbanismo (2009): “Es necesario manejar reservas territoriales cerca y en el interior de los centros urbanos con criterios energéticos, ya que en ellas podrían construirse granjas de energía” (p. 216). Al hablar de granjas de energía me refiero a instalaciones solares y eólicas para generar electricidad.

El concepto lo retomo en Dioses en el patio (2016), donde señalo: “Es necesario incorporar el criterio de reserva territorial energética en los marcos jurídicos que definen la planificación territorial, pensando tanto en la intervención de los alrededores, la periferia y en el interior de las ciudades” (p. 158).

En un estudio posterior (2017) reviso las leyes federales mexicanas sobre las cuestiones energética, urbana y territorial con el fin de señalar contradicciones, errores o vacíos en lo que tiene relación con la implementación de un urbanismo energético, poniendo especial atención a lo que requiere la creación de las mencionadas reservas.

Es importante entender que éstas son diferentes a las reservas creadas con criterios ecológicos, esto es, las áreas protegidas: reservas de la biosfera o naturales donde el objetivo es conservar especies botánicas y zoológicas o preservar ecosistemas. De hecho, el concepto de reserva (espacio regulado) tiene un significado de protección de la naturaleza o de confinamiento de comunidades indígenas, no energético, el cual responde al funcionamiento y la sostenibilidad de las ciudades y asentamientos humanos y a la reproducción social, pudiendo entrar en conflicto el uso del territorio para la generación de energía con la conservación de especies o ecosistemas. Debe, por lo tanto, dársele al término otro significado.

Esta distinción, además, debe definirse claramente en los marcos jurídicos, como ya indiqué, considerando que el aprovechamiento de las fuentes renovables de energía, particularmente la solar y la eólica, demandará, ante el paulatino agotamiento de los recursos energéticos no renovables, cada vez un mayor uso del territorio, no sólo diferente al de la protección de la naturaleza, sino al de la propia urbanización (construcción de viviendas, servicios, parques industriales e infraestructura).

Así tenemos, para ejemplificar este vacío, el caso de México. La Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano, define “Reservas” como “las áreas de un centro de población que serán utilizadas para su Crecimiento”. Por “Crecimiento” entiende: “acción tendente a ordenar y regular las zonas para la expansión física de los Centros de Población” (Artículo 3, fracción X y XXX). La noción de reservas territoriales energéticas que se propone tiene otro sentido, relacionado con el ya mencionado funcionamiento de los centros de población, no con su expansión.

En la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente no se presenta el concepto de reserva ecológica como tal, se maneja el de “Área Natural Protegida”: “Las zonas […] en donde los ambientes originales no han sido significativamente alterados por la actividad del ser humano o que requieren ser preservadas y restauradas” (Artículo 3, fracción II). Estas áreas pueden ser: reservas de la biosfera; parques nacionales; monumentos naturales; áreas de protección de recursos naturales; áreas de protección de flora y fauna; santuarios; parques y reservas estatales; zonas de conservación ecológica municipales; las demás categorías que establezcan las legislaciones locales; áreas destinadas voluntariamente a la conservación (Artículo 46).

Como podemos ver, el uso del suelo tiene un propósito diferente.

Cabe añadir que la Ley General de Desarrollo Forestal Sustentable contempla la creación de “reservas forestales” como una acción voluntaria de “conservación, protección y restauración forestal que lleven a cabo los particulares” (Artículo 153).

Se puede concluir que el concepto de reserva territorial energética debe construirse jurídicamente para incorporar el aprovechamiento de la energía solar y la eólica a gran escala en las actividades de planificación urbana-territorial y en la definición del uso del suelo. También se debe anticipar conflictos energético-ecológicos precisamente por la ocupación del territorio. El problema es mayor si consideramos, además del crecimiento urbano, la necesidad de suelo para actividades agropecuarias y forestales, la construcción y mantenimiento de infraestructura y las zonas que deben evitarse por el riesgo físico que implica ocuparlas (deslizamientos e inundaciones). Así, el factor territorial en algunas regiones será una limitación para la utilización de las energías renovables.

No sólo la intermitencia y disponibilidad del sol y el viento y la capacidad de la propia tecnología obligan a discutir la transición energética con una mirada más crítica, postecologista: se requieren hectáreas, muchas, para ser una sociedad pospetróleo, poscarbón (no poscarbono), posnuclear; el impacto ambiental —específicamente, la deforestación— será inevitable. El desafío es administrar la entropía.

El equivocado planteamiento ecologista de las “energías limpias”, enfocado en disminuir la emisión de dióxido de carbono, no toma en cuenta esto. El enfoque postecologista se concentra no sólo en la creación de ambientes saludables y la protección de ecosistemas, sino en garantizar lo fundamental para gozar de cierto nivel de vida: energía.

El calentamiento de Naomi Klein

En su edición del sábado 25 de febrero de 2017, el diario La Jornada presenta un artículo de la periodista, escritora y activista Naomi Klein, el cual titula “Los compinches de Trump” (publicado originalmente en el semanario norteamericano The Nation).

Según Klein, el nuevo secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, como ejecutivo en jefe de la petrolera ExxonMobil ordenó financiar la “ciencia chatarra” y “cabildeó ferozmente, tras bambalinas, contra acciones internacionales para combatir el cambio climático”. Agrega Klein que en parte, debido a esto, “el mundo perdió décadas, durante las cuales deberíamos de haber estado dejando nuestro hábito de consumo de combustibles fósiles; en vez, aceleramos enormemente la crisis climática”.

Se equivoca Klein.

Tillerson comenzó a trabajar en Exxon en 1975 como ingeniero de producción. Ocupó puestos importantes a partir de 1989. En 1999 fue nombrado vicepresidente ejecutivo (con la fusión de Exxon y Mobil). Hasta 2006 se convirtió en presidente y director ejecutivo. Si sólo encabezó a la gigante petrolera 10 años ¿cómo se perdieron décadas debido a su supuesta gestión para evitar la regulación contra la quema de combustibles de origen fósil?

El catastrofismo climático comenzó en 1987 con la publicación de Nuestro futuro común, reporte de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Aunque el informe recoge las conclusiones de la Conferencia de Villach celebrada dos años antes, donde se advirtió sobre las posibles consecuencias climáticas del aumento del dióxido de carbono atmosférico, dichas conclusiones no fueron ampliamente comentadas. La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Protocolo de Kioto se adoptaron, respectivamente, en 1992 y 1997, el Protocolo entró en vigor en 2005, antes del período de Tillerson al frente de ExxonMobil. Con o sin sus cabildeos, la “ciencia”, política y propaganda climáticas continuaron y continúan desarrollándose, instrumentándose y divulgándose; lo hecho en México, la Unión Europea y Estados Unidos son buenos ejemplos.

Demos por ciertas las acusaciones de Klein, marquemos al ingeniero texano conservador como “negacionista”, criminal climático. ¿Cómo explicar entonces que científicos expertos en la atmósfera —Charles Brooks, Fred Singer, Abraham Oort, Joseph Smagorinsky, Rolando García— cuestionaran que el aumento del dióxido de carbono tuviera consecuencias catastróficas, considerando los diversos factores que deben analizarse en el estudio del clima, antes de que Tillerson comenzara a trabajar en Exxon o fuera una voz influyente de las Big Oil?

Las compañías petroleras indudablemente producen daños ambientales en sus operaciones. Innegablemente, la combustión de petróleo libera contaminantes como los óxidos de nitrógeno, el dióxido de azufre y el monóxido de carbono, pero el dióxido de carbono no puede clasificarse como tal, ya que no se ha comprobado que es o puede ser causa de un incremento desenfrenado de la temperatura global. Como un gas que absorbe y reemite radiación altera la variación de la temperatura, pero también actúa en este sentido, y en mayor medida, el vapor de agua y no se debe ignorar el papel de las nubes bajas en la disminución de la radiación que llega a la superficie de la Tierra. El rechazo al apocalipsis climático está fundamentado en conceptos de la meteorología y la climatología.

Es imposible defender, al menos ambientalmente, a empresas como ExxonMobil. Y también es imposible compartir los puntos de vista de intelectuales que confunden y desinforman. Si la idea es leer a una autora anticapitalista-antiglobalización que se ha valido del capitalismo para hacerse popular en un mundo globalizado, Klein está bien. Si se prefiere seguir a una estudiosa del clima, recomiendo a Judith Curry, vilipendiada por sus críticas al discurso catastrofista (“científica chatarra”, en palabras de Klein), donde señala inconsistencias y vacíos.

Tillerson siempre será un petrolero. Es poco probable que como secretario de Estado promueva o respalde iniciativas que perjudiquen a esta multimillonaria industria, con calentamiento o enfriamiento global (¿en sus cabildeos influyó para que la temperatura media del planeta no aumentara en lo que va del siglo XXI y cayera la actividad solar? ¿alteró los datos de la NOAA… o de Remote Sensing Systems y la Universidad de Alabama? ¿tuvo algo que ver con los problemas financieros de Solyndra, SunEdison y Abengoa?). Pero este no es el problema: lo que no entiende Klein —y supongo que lo entiende Tillerson— es que Estados Unidos y el mundo necesitan energía barata. Lo que viene después es algo que no está en la agenda del secretario ni en la de Trump, como no estuvo en la de Barack Obama. Sobre esto hay que pensar y actuar, global, regional y localmente.

Trump y el calentamiento global

El 6 de noviembre de 2012, el entonces empresario Donald J. Trump a través de su cuenta de Twitter dijo: “El concepto del calentamiento global fue creado por y para los chinos con el fin de hacer la producción de E.U. no competitiva”. El ahora presidente de Estados Unidos no ha dejado de expresarse sobre el tema, cuestionando siempre la postura catastrofista. No sorprende, siguiendo esto, que en su administración se modifique la política relacionada con la mitigación de emisiones de dióxido de carbono, alejándose de los Acuerdos de París y la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático.

Se equivocó Trump al señalar a los chinos como creadores del concepto del calentamiento global.

La relación entre el incremento del dióxido de carbono atmosférico y un posible aumento de la temperatura se planteó a finales del siglo XIX por el sueco Svante Arrhenius y el estadounidense Thomas Chamberlin. Sólo hasta mediados del siglo XX esto comenzó a recibir más atención, destacando el trabajo del inglés Guy Callendar, el canadiense Gilbert Plass y los estadounidenses Roger Revelle y Hans Suess. Ningún chino.

Ahora bien, a pesar de la bibliografía científica existente en la década de 1960, el posible aumento de la temperatura de la Tierra no fue un tema central en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, celebrada en Estocolmo en 1972, cuyo objetivo fue analizar el deterioro del planeta por los efectos de la industrialización y recomendar acciones para superar la crisis. Es a mediados de la década de 1980 cuando el tema del calentamiento global se discute más ampliamente, quedando establecido como una prioridad en Nuestro futuro común (1987), informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CMMAD), donde se menciona la gran probabilidad de un cambio de clima debido a la emisión de gases en la atmósfera, en particular el dióxido de carbono producto de la quema de combustibles fósiles.

La información que presenta la CMMAD sobre el problema la tomó del reporte de la Conferencia Internacional sobre la Evaluación del Dióxido de Carbono y Otros Gases de Efecto Inver­nadero en las Variaciones Climáticas e Impactos Asociados, celebrada en Villach, Austria, en 1985. Tanto el informe de la CMMAD como la Conferencia de Villach se apoyaron en diversos estudios, entre ellos dos publicados en Estados Unidos en 1983: Can We Delay a Greenhouse Warming?, patrocinado por la Agencia de Protección Ambiental, y Changing Climate, preparado por un comité del Consejo de Investigación de la Academia Nacional de Ciencias.

Así, detrás de la construcción científica y política del calentamiento global hubo más estadounidenses que chinos. Más aún, detrás del concepto del calentamiento global catastrófico también destaca la influencia de otro estadounidense: James Hansen, exdirector del Instituto Goddard para Estudios Espaciales de la NASA.

No obstante, debe añadirse que, así como hay científicos estadounidenses divulgando la idea de un cambio climático catastrófico, hay otros que ponen en duda esto, explicando la importancia de la variabilidad natural del clima, determinada por factores como la actividad solar, las corrientes oceánicas (por ejemplo, El Niño, causa del dramático aumento de la temperatura global en 2015-2016) y la nubosidad, entre ellos, Fred Singer, Judith Curry y Roy Spencer. No “niegan” el cambio climático (el clima siempre cambia) ni la posibilidad de un aumento de la temperatura por una mayor cantidad de dióxido de carbono atmosférico, indican que el impacto humano en la temperatura global es mínimo ya que es regulado por la propia dinámica de los fenómenos oceánicos y atmosféricos, específicamente, las nubes. Al respecto, Spencer señala lo difícil que es estudiarlas debido a su formación y características: un incremento de nubes altas aumenta la temperatura, un incremento de nubes bajas la disminuye. La falta de elementos teóricos y empíricos para comprender esto fue advertida por otro científico estadounidense, el finado Joseph Smagorinsky, ya desde la década de 1970, antes de la Conferencia de Villach…

El mal informado Trump puede, paradójicamente, hacer mucho por la climatología y la comprensión de los cambios climáticos si destina fondos para el estudio de la variabilidad natural y fenómenos complejos y caóticos como las corrientes oceánicas y las nubes, iniciando de esta manera una nueva etapa, diferente a la de Obama, que se concentró en divulgar el apocalipsis climático ignorando las voces científicas disidentes: DiCaprio, no Spencer o Curry.

La ciencia no es de mayorías o consensos, si fuese así, seguiríamos con conceptos de la Baja Edad Media, siglos, por cierto, que registraron una temperatura quizá más cálida que la actual —y sin combustibles fósiles ni chinos capitalistas.